Enfrentarse a la muerte

Buena parte de nuestros problemas psicológicos son causados por la resistencia al cambio y a la pérdida. Aunque pensemos que no tienen nada que ver, es frecuente que estén en el fondo de nosotros mismos, provocando sufrimiento. Nos es muy difícil asumir que los cambios son inevitables y tendemos a apegarnos a las cosas y circunstancias, aferrándonos a ellas sin aceptar que no duran eternamente. Esto nos crea un gran sufrimiento. Soltar ese lastre hace que sea más sencillo disfrutar de la vida, con menos preocupaciones insanas y nos hace ser capaces de vivir con mayor placer los momentos fugaces que componen nuestras vidas.

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La pérdida más grande y que más nos asusta a la que nos enfrentamos es la muerte, tanto la de nuestros seres queridos como la nuestra propia. Nos da tanto pavor que hacemos todo lo posible para no pensar en ella. Hemos aprendido a vivir como si la muerte no existiera. Esta energía invertida en intentar negar dicha realidad aumenta el estrés y nos impide vivir plenamente. Como dijo Larry Rosenberg: “la muerte no nos está esperando al final del camino; camina con nosotros todo el tiempo”.

Negar la muerte no nos deja vivir el presente porque nos vuelve prisioneros de nuestras fantasías. Evitamos reconocer que somos mortales y nos hacemos falsas promesas de inmortalidad. Así, cada noticia cercana de muerte nos va aumentando el temor interior a ella.

Cuando aceptamos que todo tiene un final, incluso nosotros mismos, nos dejamos vivir más tranquilos y ligeros, sin el malestar que produce el miedo al cambio y a la pérdida. De esta forma nos ayudamos a tomarnos la vida menos en serio, consiguiendo un gran alivio interior.

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Al recibir la noticia de la muerte de una persona, recordamos nuestra condición inevitable e intentamos encontrar las causas que han provocado su muerte y no la nuestra. Volvemos a buscar excusas para justificar que el otro ha muerto, pero a causa de hábitos o características que nosotros no tenemos. Huimos. Quizás no sea tanto el miedo a morir en sí lo que nos perturba, sino las fantasías que hemos construido al respecto. Este es un miedo universal, por lo que muchas religiones del mundo han creado meditaciones y ritos para reducir nuestra preocupación sobre ella, para ayudarnos a vivir sin miedo.

Aceptar nuestra mortalidad y la de nuestros seres queridos nos conecta fuertemente los unos con los otros y nos ayuda a dejar de lado las diferencias, ya que ante la perspectiva inevitable de la muerte tiene más peso lo que tenemos en común. De hecho, es una condición que compartimos también con el resto de seres vivos, somos parte del entramado de la vida.

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Asumir la realidad es nuestro gran desafío de vida y es sumamente liberador. Aunque es difícil, afrontar la inevitabilidad del envejecimiento, la enfermedad y la muerte puede librarnos del sufrimiento y empujarnos a ayudar a otros que todavía estén luchando.

La práctica de la atención plena nos ayuda a no preocuparnos mediante las cuatro verdades:

(1) todo cambia, y aferrarnos a lo cambiante nos hace infelices

(2) lo único que tenemos realmente es el momento presente

(3) nuestros pensamientos no son la realidad

(4) formamos parte de un entramado de la vida interdependiente

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Fuente: La solución Mindfulness (Ronald D. Siegel)

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