Tipos de hambre

¿Sabías que existe más de un tipo de hambre? Los seres humanos nacemos comedores intuitivos. Ya desde bien pequeños sabemos cuándo tenemos que comer, qué cantidad y qué variedad de alimentos. A medida que crecemos, la comida va sirviendo para más propósitos como calmarnos, distraernos, premiarnos, castigarnos, calmar ansiedades… Y sin darnos cuenta la relación fisiológica de hambre y comer se topa de lleno con nuestros pensamientos y emociones. Aquí es donde empieza todo el lío. Así, la educación y la cultura nos desconectan totalmente de nuestro cuerpo y esa función la asume nuestra mente. Es normal que lleguemos a adultos sin saber identificar si tenemos hambre o no y comamos más por inercia del contexto.

El mindfulness puede ayudarnos a quitarnos esas creencias, ideas preconcebidas, patrones disfuncionales y emociones no reguladas que hacen que tengamos una relación con la comida mejorable y nos ayuda a conectar con esa sabiduría innata que traemos y hemos perdido por el camino. La vida es mucho más fácil cuando comemos si tenemos hambre y no comemos si no la tenemos. Confía en tu reloj interno, él sabrá regularse.

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En cuanto a la sed, existen dos tipos principalmente. La sed volémica (bajo volumen de líquido en sangre) y la sed osmótica (bajo líquido celular). Si ya nos cuesta distinguir entre sed y hambre.. ¡no os digo entre estos dos tipos de sed! Dejaremos la sed para mindfuleaters avanzados, pero para nosotros, que nos estamos iniciando, sí es interesante saber distinguir entre hambre y sed. ¿Cuánto bebes al día? ¿Cuándo? Nos tienen locos con las recomendaciones contradictorias que nos llegan “bebe 2 litros de agua al día”, “no bebas durante las comidas”, “bebe un vaso de agua al levantarte”, “haz una ecuación con tu peso y no se qué para sacar la cantidad exacta”… ¿qué hay de cierto en este tipo de afirmaciones? Antes de creernos cualquier cosa que nos llegue tenemos dos pasos importantes a seguir. El primero es aprender a identificar los signos de sed que tu cuerpo te da y el segundo paso es leer literatura científica actualizada sobre el tema.

Suele ser habitual que en verano enseguida identifiquemos la sensación de sed porque es muy obvio que el cuerpo necesita hidratarse con urgencia en altas temperaturas. Pero.. ¿y en invierno?. Es muy común que confundamos hambre y sed. Vivimos rodeados de anuncios de comida y refrescos y desconectados de nuestro cuerpo. Lo más habitual suele ser que tengamos sed pero que al no saber identificarlo comamos de más. Un truco si tenemos duda es beber agua y esperar 5-10 minutos. La sed se consigue aliviar en ese periodo de tiempo, mientras que el hambre tarda entre 20-25 minutos. Si bebes agua y a los 10 minutos se ha pasado la sensación, es que era sed ;).

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Hablemos del hambre. Concretamente podemos diferenciar 7 tipos de hambre. Vamos una por una… Hay que subrayar que es importante saciar de forma sana todos los tipos de hambre y aprender a regularlos equilibradamente. Solo así conseguiremos tener una relación saludable con la comida y las necesidades de nuestro cuerpo y mente. Pon tu curiosidad hacia ti mismo a punto y vamos con ello:

1. Hambre visual: es la que nos entra por los ojos. Nos avisa la mente de que nos apetece, no el estómago. Depende de lo que nos llama la atención por colores y formas. La publicidad nos hace flaco favor porque nos propone productos que no son reales y convierte a la comida real en poco atractiva. Nuestro trabajo aquí es por un lado intentar no prestar atención a las imágenes que nos presentan y más atención a la comida que comemos y por otro lado intentar hacer nuestra comida mucho más atractiva aprendiendo a emplatar y a combinar colores. Además de con comida, también podemos satisfacer este tipo de hambre haciendo actividades relacionadas con admirar la belleza como ir a galerías de arte, dar un paseo por la naturaleza, ir a un vivero a ver flores…

2. Hambre olfativa: es la que nos entra por la nariz. Aunque parece algo muy físico lo cierto es que tiene una gran conexión con lo emocional y el subconsciente. Los olores nos transportan a recuerdos pasados y nos traen al presente momentos, personas, emociones.. Además, trabaja codo con codo con el sentido del gusto para saborear los alimentos y ha sido algo básico para nuestra supervivencia en el pasado. Los olores adecuados nos hacen comer más.. como el olor a pan recién hecho en una panadería.. Podemos satisfacer este tipo de hambre parándonos a oler nuestro plato cuando está enfrente y tomándonos el tiempo necesario para poner la atención en la combinación olfato-gusto en los bocados. Otro modo de satisfacer este hambre fuera de las comidas es utilizando el olfato en nuestro día a día. Podemos entrenarlo. Hay tantas cosas para oler en este mundo… las flores, las fragancias esenciales, las plantas, los animales, las maderas, las personas…

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3. Hambre bucal: es la que viene del deseo de placer. Depende de muchos factores, entre ellos genéticos, culturales y personales. Comer es uno de los placeres más grandes que existen, no hay más que ver que pertenece a los siete pecados capitales. Dejando de lado las bromas, es uno de los placeres que más fácil desequilibramos, ya que usamos ese placer para tapar o compensar carencias emocionales y/o estrés. Para regular este hambre podemos hacer varias cosas. La primera es alargar la sensación de placer tomándonos tiempo para saborear lo que comemos, es decir, comer más despacio para alargar la sensación. La segunda es prestando atención con curiosidad a los sabores habituales descubriendo que también son placenteros. La tercera es aprender a regular bien las emociones para no caer en la trampa. El deseo es complicado y hay que tratarlo con cuidado. No olvidemos que si le damos lo que quiere a cada momento siempre querrá más y más. Es importante aprender a educarlo.


4. Hambre estomacal: es la que viene directamente de las sensaciones del estómago. Suele manifestarse como ‘un agujero en el estómago’ o ‘retortijones de hambre’. Las solemos percibir como sensaciones desagradables que nos invitan con urgencia a buscar comida. Aunque pensemos que es el estómago el que nos avisa del hambre esto no es del todo cierto. Nosotros, con nuestros hábitos, educamos al estómago sobre cuándo pedir comida, es decir, lo condicionamos. Si ayunamos unos días seguidos, nos daremos cuenta de que éste deja en algún momento de gruñir, por lo que no es un signo muy fiable. Por otra parte, sí nos está diciendo que el estómago está vacío. Así, ni debemos satisfacerle tan urgentemente como nos pide, ni debemos ignorarle completamente. La clave está en saber observar todos los indicadores corporales. A veces, la ansiedad provoca gruñidos de estómago y si le damos comida estamos alimentando un círculo vicioso de condicionamiento que nada tiene que ver con el hambre. Así que, cuando sientas estos ruidos, hazte consciente de ellos, identifica otros signos de hambre, analiza tu ansiedad y de dónde viene y espera un poco antes de comer. A mitad de comida, vuelve a conectar con tu sensación estomacal y así irás aprendiendo sobre ella. Al estómago no le gusta estar lleno del todo, está cómodo con 3/4 partes llenas, pero también se siente cómodo vacío. Aprendamos a conectar con sus necesidades. 

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5. Hambre celular: es la que viene del cuerpo. La instintiva, la que viene de la sabiduría innata de la que nos hemos desconectado. El cuerpo puede indicarnos que tiene hambre con síntomas como dolor de cabeza, vértigos, irritabilidad, sensación de mareo, agotamiento.. También surgen sensaciones de necesitar algún nutriente en concreto mediante el antojo de un alimento que lo contiene. Por otro lado, también se ha visto que si ayunamos varios días esos síntomas también desaparecen e incluso con el tiempo aumenta significativamente nuestra energía. Para identificar estos mensajes es importante confiar en nuestro instinto y preguntarnos: ¿de qué tenemos hambre? ¿líquido o sólido? ¿Verduras? ¿Frutas? ¿Sal? ¿Almidón? ¿Proteínas?. Como hemos dicho anteriormente, podría ser sed celular, bebe antes un vaso de agua y espera. Si no es sed dale aquello que crees que necesitas
 y al terminar de comerlo vuelve a analizar si las sensaciones han pasado o no. Aprende de tu propia experiencia. Cuando estamos enfermos es más o menos fácil identificar lo que necesitamos. El cuerpo suele pedirnos ciertos alimentos y otros los rechaza.


6. Hambre mental: viene de la mente, de nuestros pensamientos y creencias. Depende de lo que pensamos que es bueno para nosotros, como por ejemplo las preocupaciones por comer más proteínas, o suplementar algunas vitaminas, la creencia de que hay alimentos milagrosos… Está totalmente condicionada a nuestros conocimientos y a la información que nos llega, por eso es tan importante hacer caso solo a la información de calidad, a aquella que tiene evidencia y que proviene de expertos en nutrición actualizados. A pesar de ello, tampoco debemos tener fe ciega en ello, ya que las investigaciones van avanzando y en muchas ocasiones se contradicen entre ellas o surgen distintos matices. Aprender a estar en equilibrio entre una información lo más fidedigna posible y una buena escucha de nuestro cuerpo y mente es fundamental para cuidar nuestra salud global. Algo muy curioso de este tipo de hambre es que a menudo contradice el hambre corporal, sobre todo cuando entra en juego la disponibilidad de comida ya que la mente te anima a comer de más por si luego viniese un periodo de ayuno impuesto. Podemos aprender mucho de este tipo de hambre escuchando nuestros pensamientos. Ellos nos dicen si consideramos un alimento bueno o malo, si nos produce culpabilidad o deseo, si deberíamos o no ponernos a dieta… Escúchate con curiosidad y amabilidad para aprender cómo funciona y no te creas todo lo que te dice. El trabajo de la mente es generar pensamientos y lo hace bien. Es misión imposible satisfacerla, sobre todo si hemos alimentado por años a nuestro crítico interior. La mejor forma de regular este tipo de hambre es entrenar una mente calmada. Nada mejor que la meditación para esto que nos ayuda a disminuir la cháchara mental y nos permite ver nuestras creaciones mentales desde fuera.

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7. Hambre del corazón: viene principalmente de la nostalgia, de las emociones. No depende tanto del alimento en sí, sino de evocar la emoción y el deseo de sentirnos amados y cuidados. Comemos cuando nos sentimos solos, cuando acabamos una relación… son formas de cuidarnos a nosotros mismos, pero jamás consiguen llenar el vacío ni calmar nuestro dolor. Muchos de nuestros platos favoritos son aquellos que en la infancia nos hacían cuando estábamos enfermos con cariño y amor, por eso son diferentes para cada uno de nosotros. Podemos alimentar nuestro corazón cuando prestamos atención al preparar nuestra comida, nos mimamos poniendo cuidado al emplatarla, cuidamos el sitio donde comemos y nos tratamos como nuestro mejor invitado. Pero no podemos depender de la comida para alimentar este tipo de hambre, ni tampoco de las relaciones interpersonales que van y vienen. Muchas de las relaciones desequilibradas con la comida vienen de aquí por lo que es importante aprender a alimentar nuestros corazones a diario. El alimento del corazón es la intimidad, la que surge cuando estamos con nosotros mismos en el aquí y el ahora, la que siempre va con nosotros. Entrenar la atención plena y hacernos conscientes del momento a lo largo del día con compasión nos ayuda a conectar con esa intimidad. 

 

Conocer las clases de hambre y saber identificarlas en nuestro cuerpo es esencial para hacernos conscientes de las necesidades reales de nuestro organismo y darle lo que necesita de verdad. Los tipos de hambre que más desequilibrios generan y nos hacen comer en exceso son el hambre bucal, el hambre mental y el hambre del corazón. La clave del asunto está en pararse a evaluar el tipo de hambre que se tiene en cada momento y tener en cuenta cuál es la forma más adecuada de saciarla. No olvides hacerte la pregunta ‘¿Quién está hambriento?

“Cuando tengas hambre, come” – Proverbio Zen

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Fuente: Comer atentos – Jan Chozen Bays

Namaste

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